EPHYMERA

Y no soy un pajaro, ni bato mis alas aunque las tengo. Quiero dartelas. Por si pudieras coserlas. De donde vengo no hay hilo ni historia. Quiero explicartelo. Me llamo musica y soy efimero. Tu eres efimero. Pero comes y quieres comer. El problema es que quieres ser murcielago. Precision del vuelo. Yo quiero mirarte mientras tanto. Y no decir palabra, pero si silencio. Asi podemos estar hasta que venga Godot. Mientras me miras y yo agacho la cabeza como avergonzado. En la ventana sigue habiendo cielo. Tu quieres bailar los suelos. Yo quiero llamarme. Es de noche y no me importa que estupidez es la siguiente. Solo aspiro a estar de verdad alguna vez en algun sitio.

Los estoicos enseñan que no debemos quejarnos de la vida; la puerta de la cárcel esta abierta.

—Jorge Luis Borges, “Veinticinco Agosto, 1983”

5º Aniversario del sello Erased Tapes.
http://www.erasedtapes.com/
Que maravilla de noche. Comenzaron A Winged Victory For The Sullen. Tuve la oportunidad de verlos hace unos meses, recién estrenado el disco, pero acompañados solos de 4 músicos de cuerda, ayer eran 8, con Anne Muller y el violinista Viktor Arnason, amplificados, y hubo una diferencia notable, su música gana en cuerpo e intensidad cuanto mas grande es la orquesta, lógicamente.
En segundo lugar Olafur Arnalds, que estuvo muy hablador y gracioso, con ese aspecto de no haber roto ningún plato, ruso, en su vida. Toco piano junto a Viktor Arnason y Anne Muller y alguna base pre grabada. La joya de su repertorio, que me hizo llorar de la emoción, recordando también a un amigo, fue una pequeña pieza con la que se despidió en honor a alguien muy cercano recientemente fallecido (todo el cuerpo en éxtasis).
Por ultimo Nils Frahm que no se si fue victima del buen rollo reinante, que hizo que se alargaran las actuaciones mas del tiempo programado, ya que al llegar su turno no le quedaba espacio. No se si fue eso, o que la forma de tocar el/los pianos es tan maravillosa que aquello paso como un suspiro : repaso puntualmente el Felt y también sus composiciones mas digitales, en muchos temas usaba dos pianos, uno con cada mano, regalando desde piezas de una belleza insana hasta ejercicios de piano gimnástico casi cercanos al baile (a ver si algún día se anima a hacer algo con Hauschka).

5º Aniversario del sello Erased Tapes.

http://www.erasedtapes.com/

Que maravilla de noche. Comenzaron A Winged Victory For The Sullen. Tuve la oportunidad de verlos hace unos meses, recién estrenado el disco, pero acompañados solos de 4 músicos de cuerda, ayer eran 8, con Anne Muller y el violinista Viktor Arnason, amplificados, y hubo una diferencia notable, su música gana en cuerpo e intensidad cuanto mas grande es la orquesta, lógicamente.

En segundo lugar Olafur Arnalds, que estuvo muy hablador y gracioso, con ese aspecto de no haber roto ningún plato, ruso, en su vida. Toco piano junto a Viktor Arnason y Anne Muller y alguna base pre grabada. La joya de su repertorio, que me hizo llorar de la emoción, recordando también a un amigo, fue una pequeña pieza con la que se despidió en honor a alguien muy cercano recientemente fallecido (todo el cuerpo en éxtasis).


Por ultimo Nils Frahm que no se si fue victima del buen rollo reinante, que hizo que se alargaran las actuaciones mas del tiempo programado, ya que al llegar su turno no le quedaba espacio. No se si fue eso, o que la forma de tocar el/los pianos es tan maravillosa que aquello paso como un suspiro : repaso puntualmente el Felt y también sus composiciones mas digitales, en muchos temas usaba dos pianos, uno con cada mano, regalando desde piezas de una belleza insana hasta ejercicios de piano gimnástico casi cercanos al baile (a ver si algún día se anima a hacer algo con Hauschka).

NIKE ROSHE RUN - Iguana.
Seguramente una de las mejores siluetas que ha creado Nike en los últimos años. Sencillas y extremadamente cómodas. lineas redondeadas, materiales resistentes, transpirables, una mas que agradable suela, ligeras como plumas.
Tras miles de híbridos y complicaciones running por fin tenemos entre manos un modelo que mira al futuro pero con clase y estilo. Enhorabuena. 

NIKE ROSHE RUN - Iguana.

Seguramente una de las mejores siluetas que ha creado Nike en los últimos años. Sencillas y extremadamente cómodas. lineas redondeadas, materiales resistentes, transpirables, una mas que agradable suela, ligeras como plumas.

Tras miles de híbridos y complicaciones running por fin tenemos entre manos un modelo que mira al futuro pero con clase y estilo. Enhorabuena. 

N.Y. State of Mind

N.Y. State of Mind

Gent + Parra + EOS 60D

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La Inercia

Hace ya un tiempo, decidí no hablar con nadie. Había llegado a la ciudad con un par de ideas preconcebidas; encontrar un trabajo y enamorarme, a ser posible de una mujer. De la primera idea diré que no podía atribuirme su paternidad sin faltar a la verdad. Casi todo el mundo que llega a la ciudad, a cualquier ciudad, pretende llegar a ser un ciudadano. Los mendigos y los locos no encajan en la idea que un ciudadano tiene de sí mismo. Un ciudadano, pensaba yo por aquel entonces, imagina a sus congéneres caminando por las aceras con prisa, agarrándose el sombrero si hace viento, arrebujándose en su gabardina si hace frío. A mí me parecía que para convertirse uno en un ciudadano y poder llegar o marcharse de un sitio cualquiera sin despertar sospechas era conveniente tener un trabajo o al menos dar la impresión de tener uno. De lo contrario, pensaba yo, el simple acto de transitar una determinada calle o un barrio cualquiera podía fácilmente confundirse con merodear. Y hasta donde yo sabía, aquella era una palabra fea. No es que un ciudadano no pueda pasear sin rumbo fijo por la ciudad pero a los ojos de los demás y en la estrecha medida en que esos ojos reparen en algo ajeno a sus propias cuitas, se considerará que el distraído viandante ocupa esa parte de su tiempo de manera ociosa. Lo cual quiere decir que, o bien otra parte significativa de su tiempo la pasa haciendo algo de provecho o bien no se ocupa de nada en absoluto en cuyo caso, esa invisible red ocular que a uno le parece que le envuelve en la ciudad y en la que caen los comportamientos anormales como peces muertos, dictaminará que ese paseante es un vago y por tanto un ciudadano de segunda ya que quienes se encuentran temporalmente desempleados y sin poder aportar su estipendio a la ciudad se afanan en conseguir un trabajo y no se dedican a vagar sin más ni más.

Entonces yo no sabía que vagar era precisamente mi secreto propósito porque, como dije antes, me habían inculcado que tendría que luchar por hacerme mi lugar para poder prosperar. Nadie me lo había dicho expresamente pero de la misma manera en que desde bien pequeño uno no sale desnudo a la calle sin que su madre tenga que recordarle todos los días que se ponga los pantalones, yo daba por descontado que tendría que pararme a pensar qué oficio podía desempeñar.

Y en efecto, una noche, me paré a contar los billetes que constituían el pequeño capital que traía de Palafrugell (a medias heredado, a medias robado a mi hermana) y tomé la decisión de que el trabajo podía esperar. La posada era herrumbrosa y los muelles de la cama rechinaban como si el metal ladrara.

Contaba con mi determinación de conocer la ciudad íntimamente, sus piedras y sus vísceras, de manera que comencé a tratar a las personas cómo se trata a los muebles y a las cosas como se trata a la familia.

La posadera fue la última persona con la que hablé. Entablar relación con aquellas gentes me hubiera impedido presentarme a la ciudad y que poco a poco ésta confiase en mí hasta que cada una de sus calles me hablaran. Tal y como a algunos les gusta visitar las viejas ruinas, quería conocer yo la ciudad, en silencio. Yo tenía ojos para mis pensamientos, no podía ser de otra forma, pero también oídos para escuchar los rumores de los balcones y las risillas de las paredes. En el claustro del monasterio de Sant Ramón de Peñafort me colé dos noches y dormí junto a una monja yacente, sostenida por dos leones, minerales como ella. Más tarde supe que se trataba del sepulcro de la hermana de Catalina, que murió con fama de santa. En el vivero de Can Borni, subía al despuntar el alba, de dos en dos, las escaleras que enlazan los diversos niveles del jardín que confluyen en el mar inerte. Cuando mis ahorros menguaron lo suficiente, me sentí preparado para caminar por la Rambla, desde Plaza Cataluña, y llegar al mercado de la Boquería en la madrugada, donde me empapaba de los olores más difíciles de la urbe y calladamente disputaba los sabrosos descartes del día con otros desharrapados. En la playa del Prat, muy cerca ya de la Riera de Sant Climent, lavaba mis ropas con la espuma de las olas. En mi cabeza, los pensamientos habían hecho sitio de forma gradual a la luz de las distintas horas, al descargar de los camiones, al olor de la gasolina y de la cloaca. Desaparecí de un modo difícil de explicar y al mismo tiempo, nunca fui más real.

No olvidaba mi segundo propósito, en cualquier caso. Sabía que enamorarse era lo mejor que le podía pasar a uno. Llevaba semanas sin hablar con nadie y me sentía un poco inseguro. En el parque de la Ciutadella le hice señas a una mujer, ondeando mi gorra al viento. La mujer se detuvo y yo volví a agitar la gorra por encima de mi cabeza. Al ver que me acercaba, echó a correr pero no hice ademán de ir a buscarla. Procuré hablar con otras jóvenes, en los parques o en las cafeterías al aire libre que abundan en Gracia. Las abordaba de la misma manera que me acercaba a una fuente o a un nogal, esperando que en el mejor de los casos se estableciese algún tipo de comunicación espontánea y fluida que no requiriese explicación. Pero, naturalmente, las mujeres que no chillaban espantadas por mi hediondez, retrocedían ante mis balbuceos.

Recuerdo que los días que siguieron, la ciudad se mostró muy fría conmigo, como lo haría una amante despechada. Caían las hojas de los árboles y éstos me miraban desnudos, como marfil podrido. Entonces sentía yo la angustia de una manera muy precisa, en toda su cruel ridiculez. Las chinas se metían en mis zapatos y a veces me dolían tanto que no podía contener las lágrimas. Me pesaba la inercia que otras veces soplaba a mi favor. Tomaba una calle a la derecha y enseguida advertía el absurdo que encerraba mi decisión. De algún modo, esperaba una epifanía.

Una mañana de noviembre, en el laberinto de Horta, me fijé en un nido semioculto en la frondosidad de unos helechos. Algún animal, probablemente un gato, lo había desbaratado. Aún así, las ramitas desgajadas de la argamasa de barro y estiércol cubrían un huevo intacto. Era un huevo grisáceo, con motas levemente azuladas. Lo acuné en mis manos puesto que estaba caliente. Luego, lo dejé donde estaba y recubrí el nido de maleza para ocultarlo. No me alejé del laberinto durante unos días y de tanto en tanto, auscultaba el huevo con mis dedos o lo acercaba a mi pecho, procurando que su tenue palpitar se acompasara con mis latidos.

El día en que el huevo eclosionó, manó por el caparazón resquebrajado un fino hilillo de sangre y el polluelo estaba vivo. Piaba mudo tras la mínima membrana que le separaba del mundo. Lo mantuve largo rato sobre la palma de mi mano. Al caer la tarde, derrotado y sin haber resuelto cómo protegerlo, cerré el puño y me alejé de allí.